Infiel dominación

infiel dominación

Se trata, en general, de una persona inmadura, con serias dificultades en la comunicación. No ha resuelto psicológicamente muchos de los conflictos familiares vividos en su infancia y adolescencia. El triangulo que se forma en la infidelidad parece ser mas la representación simbólica de una escena familiar no superada, es decir, la infidelidad es un teatro, una puesta en escena, una representación de un trauma pasado de la persona infiel.

Es su neurosis realizada, actuada. Es un pasaje al acto en el cual se mata a la persona que obstaculiza la realización del ideal del yo. Se siente impotente por no atreverse a cambiar la realidad porque tiene miedo y en vez de cambiar la realidad, cambia la percepción de ésta a través del subidón que provoca la infidelidad.

A través de la infidelidad, la persona infiel convierte la impotencia en omnipotencia, su ego herido en superego; un ego grandioso, admirado. La infidelidad para la persona infiel es una fantasía, una huida de la realidad que necesita para realizarse —al igual que en las recaídas adictivas—, una autojustificación, un autoengaño.

Por eso, la persona infiel no es capaz de separarse, de afrontar la realidad, la cual lleva siendo ocultada desde hace tiempo. La persona infiel deja de hablar, de participar en la vida cotidiana de la pareja. Ha sufrido profundas heridas en su ego y no es capaz de elaborarlas, de cicatrizar sus heridas de otra manera que haciendo daño y profanando la relación.

La persona infiel es rígida e insegura. Tiende a evitar los cambios; no acepta el continuo cambiar de la vida y se aferra al pasado. Hay algo de melancólico y depresivo en la infidelidad y por parte de la persona infiel. Los conflictos interiores sin resolver se acumulan. Así, la infidelidad se revela como un antidepresivo; como la cocaína que se mete para que la noche no decaiga. La persona infiel ha acumulado mucha frustración personal a lo largo de muchos años.

Lleva así años bloqueada, anclada en un pasado sin solución. La infidelidad no es una acción sino una reacción. La infidelidad equivale a una borrachera, a un colocón. Siguiendo la mitología, la infidelidad representa una bofetada hacia la pareja, Eco, porque Narciso ya no se ve en el otro; porque ya no ve en la pareja ni admiración ni seducción.

La depresión, esa cara oculta de Narciso, se torna agresión externa para así evitar ser vivenciada. La persona infiel castiga a su pareja por haber cambiado, por vivir en la realidad, por haberlo abandonado, por haberlo perdido. La persona infiel revela una fuerte resistencia a madurar. La persona infiel retrocede a la adolescencia y su silencio es su forma de controlar. Porque la necesita y esa es la auténtica paradoja de la persona infiel. En la infidelidad no confluyen problemas de pareja sino problemas psicológicos individuales de aquella persona que es infiel y de aquella persona, la otra, que mantiene y alimenta la infidelidad.

En este sentido, la infidelidad sería esa locura compartida que justamente tiene lugar gracias al aislamiento y el secreto. Buscar las causas de la infidelidad, particularmente dentro de la pareja, es echar balones fuera y sobre todo justificar algo del todo injustificable. De manera divulgativa, es una manera de culpar a alguien o atribuir erróneamente la culpa a otra persona.

En el apartado anterior ya he esbozado algunos errores cognitivos en forma de creencias irracionales al respecto.

La pareja puede estar en crisis, puede vivir monotonía, puede haber problemas sexuales u otras carencias. Si queremos comprender el fenómeno de la infidelidad, hay que situar el problema en su sitio: La persona infiel viene arrastrando trastornos caracteriales fruto de su trayectoria afectiva individual enquistada, bloqueada, no resuelta. Al igual que la persona adicta, la persona infiel se conduce huyendo de afrontar sus propios problemas, sus propias carencias.

A través de la infidelidad, la persona infiel se anestesia, se droga, altera su conciencia para así evitar alterar su realidad. También en modo adictivo, la persona infiel es impulsiva y no sopesa las consecuencias de sus actos. También, como la persona adicta, la persona infiel cree ser libre por creerse estar sin ataduras, por salirse de las leyes humanas del compromiso, la palabra, la implicación. Cree que puede hacer lo que le da la gana, cuando le da la gana y como le da la gana, pero recordemos que no deja hacer lo mismo a la persona víctima de su infidelidad, puesto que la ha condenado al silencio.

No es una relación igualitaria o, cuanto menos, simétrica. La persona víctima de infidelidad no puede, debido al engaño, tomar ninguna decisión respecto a la pareja. La persona víctima de la infidelidad no puede defenderse. El ataque es por sorpresa y con alevosía. Se trata de una relación asimétrica, de una relación desigual, en donde predomina una voluntad desinformativa por parte de la persona infiel.

En este sentido, la infidelidad es una forma de violencia directa [1]. Es una bofetada por parte de la persona infiel, es un golpe bajo. Sabe del daño que puede causar pero no lo evita. La infidelidad es un caso de heteroagresividad. En el fondo, consciente o inconscientemente, le culpa a ella de sus propias desgracias.

La infidelidad pone de manifiesto el tipo de vinculación que hay en la pareja: Se trata de una relación en la que, al menos la persona infiel, vive en una perpetua lucha de poder.

La persona infiel domina y controla la relación desde el momento en que deja a su pareja sin acceso a la información. La persona infiel manipula a su antojo la realidad vincular.

Ella se arroga el derecho a decidir qué decir y qué ocultar. La persona infiel somete a su pareja a una distancia emocional, a una frialdad y desdén, a una cierta deshumanización, a una cierta cosificación; de alguna manera, la petrifica.

Parece como si la persona víctima de infidelidad haya dejado de servir de espejo de la persona infiel y ya no le devuelve esa imagen perfecta, exitosa e idílica. La persona víctima de infidelidad parece ya no reflejar en la persona infiel esa perfección. El pasaje al acto acting out , al igual que la adicción, no puede hacerse sin una justificación interna que permita abrir la veda.

Este proceso psicológico se hace a través de todo un entramado de errores cognitivos, creencias irracionales y mecanismos de defensa que justifican la infidelidad.

En definitiva, la persona infiel construye un entramado de trampas mentales que le conduce al delirio. Para tomar conciencia de lo que no funciona en la pareja, para resolver una crisis de pareja, no es necesario ser infiel.

Pero basta con que uno de los dos componentes sea inmaduro para que esa inmadurez revierta en la pareja. La infidelidad no es una crisis de pareja y, por lo tanto, tampoco es una oportunidad para el cambio.

Trasladar la infidelidad a la relación es desplazar el verdadero problema, convirtiéndose en cómplice de la persona infiel. Algo falla sí, pero solamente en la persona que engaña, no en la relación. Si la relación no funciona es porque la persona infiel ha faltado a su palabra, a su compromiso. Porque la persona infiel no ha sido capaz de hablar cuando estaba mal, de acudir a un profesional si la situación lo requería.

Por lo tanto, el problema de la infidelidad no es relacional ni intersubjetivo sino individual y, por lo tanto, el tratamiento terapéutico también debe ser orientado a la incapacidad individual del sujeto infiel para gestionar sus problemas psicológicos no resueltos.

La infidelidad no es un problema sistémico, pero sí afecta al sistema completo, sea éste la pareja o la familia. La persona infiel, para estar bien ella, hace daño a otra persona. La persona infiel tiene un problema en el autocontrol de sus impulsos.

La persona infiel no sabe comunicar porque ha decidido no hablar. También tiene un problema con el control. No dar información es tener el control en la pareja, es dominarla. Sólo piensa en sí misma y su felicidad es a acosta de la de su pareja. La infidelidad resulta ser una tapadera, una distracción, para evitar hacer frente a los verdaderos problemas.

La infidelidad, en este sentido, es una auténtica resistencia al cambio. La persona infiel se anestesia, se chuta para así no sentir su verdadero vacío, sus insatisfacciones, sus frustraciones. La persona infiel parece estar prisionera de sí misma, de su propia rigidez, de no haber hecho lo que realmente deseaba.

Y la infidelidad representa la fuga perfecta: En definitiva, un acto compensatorio, un acting out [2]. La persona infiel pone en marcha una serie de mecanismos patológicos que dan una visión distorsionada de sí misma. Dichos mecanismos tienen la finalidad de suprimir el autojuicio moral, de desarrollar creencias que posibiliten continuar mintiendo, de justificar las acciones, de sesgar cognitivamente la motivación y así suplir su pobre autoimagen con la admiración y atención de otras personas como la amante.

A través de este mecanismo, la persona infiel se distancia física y emocionalmente de su entorno, perdiendo de vista la realidad. La persona infiel sueña despierta y confunde sueño con realidad.

La disociación hace referencia a una sintomatología donde los elementos inaceptables son eliminados de la autoimagen, negados a la conciencia. Se trata de un mecanismo de defensa para escindir de la psique, elementos disruptivos molestos del yo Steinberg, Por lo que, en consecuencia, estos elementos disruptivos se eyectan fuera. La persona infiel culpa al exterior y también pone en el exterior su salvación: Es una manera de desresponsabilizarse de sus actos y así responsabilizar a otras personas.

Por eso se escinde y así no se asume el propio fracaso. La persona infiel se coloca fuera de la pareja. En realidad, todo lo pone fuera, incluida también la solución. Todo lo proyecta fuera, porque no puede mirarse para adentro, porque si se mirase para adentro, se vería el error en el que esta persona vive.

Y esa es en realidad la doble vida. Este proceso de distorsión cognitiva parece producirse antes y durante la infidelidad, pudiéndose extender incluso después, una vez descubierta la infidelidad. La persona infiel, como su nombre lo indica, infidelis , es una persona que ha perdido la fe, que no cree, que es incapaz de transcender de su yo a un nosotros.

En este sentido, la persona infiel rechaza los principios de la comunidad, de la pareja para permanecer anclada en su ego, en su individualidad. Es incapaz de renunciar a su narcisismo para aceptar las reglas de la comunidad; es incapaz de intimidad, de darse, de entregarse.

La persona infiel rechaza la ley, que en el caso de la pareja, es la fidelidad, la confianza, la comunicación. De ahí que se oculte, mienta, manipule, transgreda. La persona infiel utiliza a la persona con la que es infiel —su nueva pareja—.

La utiliza para reequilibrar su propia balanza. Una de las habilidades de las que carece esta nueva pareja es la empatía. Ello demuestra que la falla es de tipo narcisista: Es el cuento de Blancanieves hecho realidad.

Es como si la nueva pareja supusiese el complemento narcisista perfecto. Es la otra cara de la falla narcisista de la persona infiel. Ambos dos se nutren narcisisticamente. Ambas fallas narcisistas parecen mostrarse complementarias. La figura de la amante encarna la eterna disposición, la pareja sin demandas ni exigencias. Pero condenada a la soledad y a la imposibilidad relacional. También esta persona es víctima de la infidelidad, ya que también ella es engañada. La diferencia es que lo sabe y lo acepta.

En este tipo de relaciones, la persona cómplice de la infidelidad, o amante, parece tener un patrón disfuncional en la forma de relacionarse. Sentimientos inconscientes de culpa, baja autoestima, actitudes y comportamientos de corte neurótico parecen dominar la vida de estas personas. Y por supuesto, el secreto parece ser el ingrediente fundamental que cohesiona y pega a la nueva pareja.

Una pareja cimentada en la versatilidad, la inestabilidad, en el sacrificio del chivo expiatorio, en el silencio de la complicidad en el crimen de matar a una pareja para crear otra.

Esta situación pone en evidencia también en esta nueva pareja su propia falla narcisista, porque su felicidad es a costa de otra persona.

Estas personas también carecen de autocontrol porque no sopesan las consecuencias de sus actos. La envidia ha sido siempre una profunda motivación humana: El sentimiento de envidia parece esconder un profundo y oculto sentimiento de inferioridad por no tener aquello que se estima ideal.

La envidia en el adulto representa una reminiscencia del mundo infantil, de un narcisismo no transcendido, no madurado. Esta persona parece tener una estructura de personalidad masoquista puesto que vive en el sufrimiento de no tener ni ser lo que desearía: Es una reina sin trono.

Vive oculta, como un fantasma, en la sombra; carece de reconocimiento. En otras palabras, es la perversión del reconocimiento, su negativo: A nivel psicopatológico, también utiliza los mismos mecanismos de defensa que su Narciso: La falta de empatía de esta reina sin trono reside en el hecho de que es consciente de que hace daño.

Se pregunta qué tiene la pareja que no tiene ella. Ella es solo la doble, la copia; no el original. La sombra necesita del astro rey para brillar porque no tiene luz propia. En efecto, Narciso proyecta sobre su amante sus propias proyecciones y conflictos psicológicos sin resolver. La otra, la amante, entra también en juegos imaginarios de poder. Accede al amor por rivalidad.

La violencia directa es la visible, aquella que se concreta en comportamientos y actos. Es la que realiza una persona de manera intencionada y quien la sufre es un ser vivo dañado o herido física o mentalmente Galtung, Se define acting out porque es una acción que ocurre fuera de la situación terapéutica, fuera de la consciencia.

Se trata de una acción impulsiva. El acting out adopta a menudo la forma de heteroagresión. Es la emergencia de lo reprimido Laplanche y Pontalis, El delirio, un error necesario. Journal of Peace Research , 6 3 , pp. La violence et le sacré. Editorial del Nuevo Extremo. Las trampas de la mente. Vocabulaire de la psychanalyse. Presses Universitarires de France. Un monde sans limite. El amor parece ser ese cemento pseudoreligioso que permite la perpetuación de la desigualdad estructural entre hombres y mujeres Lipovetsky, y es aquí donde se imbrican ambos conceptos.

En este sentido, el amor, a pesar de su aparente y postmoderna flexibilidad, sigue orientando a las mujeres hacia la monogamia y la fidelidad mientras que en las masculinidades, orienta a los hombres a la poliginia y la infidelidad.

A partir de los modelos de género elaborados socialmente, se generan subjetividades como la esposa o la amante, colocando a cada una en su lugar, un lugar totalmente diferenciado y segregado por el silencio y la ocultación en el caso de la segunda, y por la visibilidad y la oficialidad en el caso de la primera. Un vínculo erótico—afectivo, cuyo equilibrio parece sostenerse en el tiempo gracias a la amante, la infidelidad, la prostitución y la pornografía. Se trata de una dominación psicopolítica fundamentada en nuevas formas de poder.

La violen cia en el amor se despliega a través de todo un entramado ideológico cuyo pilar fundamental reside en el poder en sus formas abusivas, primeramente simbólicas transformando la historia en naturaleza y la arbitrariedad cultural en algo natural Bourdieu, Pasa por los pilares estructurales fundamentalmente de orden económico y laboral hasta llegar a la violencia directa, fundamentada en los celos y la posesividad.

En cuanto a la infidelidad, la violencia se concreta y materializa en una mayor representatividad femenina en la figura del amante, en la negligencia afectivo—sexual de la persona infiel que en ciertos casos , toma forma de un desamparo cotidiano invisible, destacando un estilo vincular evitante, en el ejercicio de la dominación a través de secretos y mentiras.

Relaciones paralelas en las que la violencia se c eba en al menos dos personas: En otras palabras, la religión del amor parece requerir víctimas sacrificiales, que por su condición de género, afecta a la feminidad de manera cualitativa y cuantitativamente distinta, en su detrimento. En la infidelidad esta relación tan particular entre violencia y sagrado tan bien descrita por René Girard , parece materializarse. La persona infiel se niega a aceptar su situación, una situación que demanda al menos, una renuncia.

La persona infiel muestra nula empatía cara a lo que debe suponer estar en la sombra así como las consecuencias sociales de ello. La persona amante parece darle aquello que le falta aunque ello suponga la renuncia a formar una pareja oficial. La persona amante, a su manera, también sacrifica. Ambas partes del triangulo, oficial y amante, parecen sacrificar para que la pareja infiel lo tenga todo. Si la persona infiel se representa en el personaje mítico de Narciso, la persona amante puede verse representada en el personaje también mítico de Eco.

Tanto Narciso como Eco parecen constituir las dos caras del narcisismo. Eco, condenada a repetir las palabras del otro, representa el espejo perfecto en quien reflejarse. De esta manera, la vida de las personas que participan, sabiéndolo, en la infidelidad parece dividirse en dos esferas diferenciadas: La persona amante simplemente transige y acepta estar oculta, en segundo plano, aunque a regañadientes, particularmente si es mujer.

En el caso en que la persona amante sea hombre, éste no parece perseguir el primer puesto, puesto que lo compatibiliza con otras amantes a su vez, a modo de pasatiempo. O así al menos se lo hace creer y ésta da fe. No obstante, lo que constatamos en la clínica es que la persona infiel mantiene siempre el control de la situación en ambas relaciones.

Esta sabe sólo lo que realmente se cuece en el interior de sus relaciones. Es decir, la persona infiel escoge qué decir a cada una de las dos personas integrantes del triangulo amoroso. Constatamos desde la clínica, que la persona amante decide creer a la persona infiel, eximiendo los argumentos que ésta le da. Cree lo que le dice pero no lo que realmente hace. Por eso, estas personas son capaces de aguantar tantos años a veces, esperando a que el milagro se produzca: Estas personas amantes viven de la esperanza, de las expectativas generadas por la persona infiel, lo que parece de por sí bastante cruel.

La creencia y fe ciega de la persona amante va hasta el punto de denigrar a la pareja oficial de la persona infiel. Es como si la persona amante hubiera interiorizado el discurso de la persona infiel y hablara en su nombre. Hay como una especie de mimetización. La persona amante juzga la situación de la pareja desde la información, sesgada, que la persona infiel da.

Se desarrolla una confianza ciega hacia una persona que miente. Así, observamos que las personas amantes tienen un discurso negativo y una concepción negativa de las parejas oficiales. Las tildaban de dependientes económica y afectivamente, de peleles. Llegaban incluso a afirmar con bastante seguridad que la pareja oficial no mantenía sexo y que a la persona infiel le faltaba apoyo y cariño.

En algunos casos, las personas amantes llegan a cuestionar el discurso de la persona infiel solo después de acabar la relación. E incluso dan muestras de empatía hacia la cónyuge traicionada, alguna incluso decide hablar con ésta con la finalidad de pedir perdón.

Tras finalizar la relación algunas personas amantes muestran una culpabilidad ausente durante la relación. Gestionan difícilmente la disonancia cognitiva generada por la relación evitando pensar. Diversos sesgos cognitivos les impide ver y analizar la parte de su infiel amante. Es como si la persona infiel les hubiera lavado el cerebro. Le creen con una ingenuidad casi infantil. De alguna manera, las personas amantes se vuelven cómplices de esas mentiras, al mismo tiempo que revelan una admiración, hasta cierto punto de vista ciega, hacia la persona infiel.

La ven, incluso, como víctima de una situación injusta. Las personas amantes en relaciones prolongadas, particularmente si es mujer, desea ser la persona oficial y en exclusividad. Es importante entender que la cohesión de la pareja amante muchas veces es construida a base de culpar a la persona cónyuge oficial del fracaso relacional. Y ello, en parte es debido a la tendencia en las personas infieles a justificar su conducta, evitando así sentirse responsables. El mensaje implícito deja claro que como la culpable del fracaso relacional es la persona oficial, con la amante, las cosas podrían ser diferentes.

En otras palabras, la culpa de es de la otra persona. En cualquier caso, no hay un cuestionamiento ni por parte de la persona infiel ni por parte de la persona amante. Así pues, la historia alrededor de la cual se teje la historia de amor extramatrimonial no suele girar en torno a la culpa, sino en torno al juicio y sentencia de la persona cónyuge oficial. La infidelidad es por su estructura una relación triangular.

Una relación, que desde la perspectiva sistémica Umbarguer, , se entiende como una relación conflictiva entre dos personas expandida a una tercera cuyo resultado es el encubrimiento del conflicto. Sobre esta tercera persona recae el foco del síntoma, convirtiéndose así en el chivo expiatorio del sistema. En efecto, la persona amante en las representaciones sociales, encarna la culpable de la ruptura, la responsable. El conflicto, lejos de solucionarse, se complejifica generando un conflicto de lealtades.

El resultado es el encubrimiento del conflicto o su desactivación. En la triangulación, se pone de manifiesto la falla en la comunicación de la persona que triangula, la persona infiel. El chivo expiatorio en la infidelidad tiene también su doble vertiente.

Por un lado, la persona infiel hace recaer el conflicto sobre la persona cónyuge oficial, convirtiendo a ésta en el chivo expiatorio en la relación infiel—amante.

Una cosa parece cierta, el chivo expiatorio sacrifica su autonomía a fin de llenar los vacíos en la vida del otro. En el caso de figura de la infidelidad, la persona amante llena los vacíos de la persona infiel. La persona amante desea miméticamente que su amante infiel sea suyo, usurpando y ocupando el puesto oficial en lugar de la otra. Mimesis de apropiación que dice René Girard Ello, supone el final de la relación oficial, poco importan las consecuencias. En este sentido, la persona cónyuge oficial, se reviste de chivo expiatorio que cohesiona la pareja infiel y les da un objetivo contra el que luchar y dirigir la violencia.

La pareja oficial debe ser sacrificada. Esta parece ser pues la violencia fundadora de la pareja infiel. Utilizando la teoría antropológica de René Girard , el deseo mimético de la persona infiel bien podría ser propiciado por la envidia hacia sus congéneres célibes que pueden disfrutar de su libertad sexual y el deseo mimético de la persona amante derivado por una rivalidad inconsciente, el de ocupar el puesto oficial de primera dama.

En ambos casos, el modelo a copiar es externo. Desean apropiarse de algo que alguien tiene y estas personas no. El trasfondo de la envidia. Ambas partes de la pareja infiel ven frustrados sus logros, lo que hace que aumente la violencia hacia la persona oficial, chivo expiatorio, considerada como la causa de su impedimento a llegar a la absoluta felicidad.

La función de la infidelidad bien podría ser ese mecanismo victimario a través del cual, el caos y la crisis personal de las personas integrantes de la pareja infiel se canaliza a través de la designación de un chivo expiatorio. No es por azar que los miembros que componen la pareja infiel revelen crisis personales no resueltas en el momento en que se forma la pareja infiel.

Estas crisis personales si bien no parecen resolverse con el enamoramiento, se desplazan, encubriendo dificultades resolutivas importantes, desplazando así el foco de atención de sí hacia la otra persona. La infidelidad y la doble vida tienen una larga tradición en el actuar masculino particularmente, si bien en la actualidad se va igualando.

Es extraño encontrarse con la combinación hombre soltero, mujer casada. De hecho, hay pocos hombres amantes que aceptan una relación paralela. Tradicionalmente era el hombre quien tenía amante. La fidelidad entendida como exclusividad sexual o monogamia se entiende, desde el poder, como manera de regular las relaciones humanas de manera a constreñirlas tanto social como políticamente.

En este contexto, la monogamia es una manera de sujetar y de controlar. La infidelidad pues respondería a una rebeldía contra este orden de cosas. Una especie de evasión de esta realidad impuesta, de tal forma que permite llevar una realidad relacional paralela; una doble vida que dota de nueva identidad, de nuevas posibilidades.

Parece así pues una transgresión. Es decir que la doble moral es propiciada por el patriarcado, constituyendo la infidelidad, la cara oculta del amor. La infidelidad parece entroncar de lleno en las relaciones de poder al amparo del patriarcado. Desde esta perspectiva entroncamos con la idea de la mentira como abuso de poder de Foucault Desde esta perspectiva se entiende la infidelidad como una forma de abuso de poder, de dominación y no como liberación.

Es importante entender que la persona casada detiene el control de la relación en cuanto que es ella quien decide cuando, cómo y dónde. Tiene el poder de decidir el lugar que cada persona, oficial y amante, ocupa en su vida, ejerciendo un control estricto. Resulta toda una disociación a la que se somete a la figura del amante, la cual muchas veces tiene que reprimirse. Si bien pretendemos trascender el género, hemos de admitir que gran parte de las personas que deciden aceptar el papel de amantes son mujeres.

Siguiendo con esta perspectiva de género, pocos hombres solteros intentan persuadir a mujeres casadas para que se divorcien y se unan a ellos Pittman, La infidelidad plantea una desigualdad estructural.

Por un lado, la proporción de hombres que mantienen relaciones con amantes a largo plazo es mayor. En cuanto a la calidad, también es diferente: En muchas mujeres, las relaciones con otras personas que no sea la persona infiel se dan con el objetivo de formar pareja.

Por eso, hay mujeres que se convierten en amantes a largo plazo tras haber dejado a su pareja. Es importante notar que es difícil que los hombres acepten una posición secundaria como amantes. Como si los roles estuvieran invertidos. Como afirma Walter Risso aquella persona que ama menos, mantiene el control de la relación. Podríamos decir que las relaciones clandestinas ahondan en la disociación de roles entre el exigido a la pareja oficial y el representado por la pareja amante.

No debemos confundir masculinización con igualdad. Al contrario, el modelo de infidelidad ahonda en una concepción amorosa basada en la dominación masculina y el control; ahonda en el narcisismo primando el principio del placer sin importar las consecuencias ni el daño que se pueda causar. Pensamiento dicotómico que divide al mundo en algo y su opuesto. En el caso de la infidelidad, divide a las personas entre oficiales y amantes siguiendo el esquema patriarcal que diferenciaba a las mujeres vírgenes y madres, de las prostitutas.

La persona amante representa la imagen de una persona esclava aparentemente libre. Una persona dedicada a satisfacer, a complacer a su amante. Aunque esté de moda reivindicar la igualdad de género, esta es una dimensión fundamentalmente política, totalmente ausente en la intimidad. Si en alguna dimensión es evidente la desigualdad, es en el terreno de lo íntimo, en el amor.

Aquí prima una violenta desigualdad de género. En el caso del varón amante, constatamos una feminización del rol masculino o una inversión de roles, en donde la mujer ejerce de hombre y éste de mujer. En otras palabras, el hombre se comporta como una mujer amante y la mujer se comporta de manera dominante al igual que un hombre.

Estos datos coinciden con los datos de la investigación cualitativa llevada a cabo por Mari Carmen García Que si bien los deseos sexuales en las personas infieles son satisfechos por las amantes, los deseos afectivos de las amantes no son satisfechos por las personas casadas y a veces ni reconocidos. De ahí ese profundo sentimiento de sentirse utilizadas al igual que una prostituta.

El significado de cortesana bien puede venir por esa relación de dependencia y de estar a la merced de la persona, convertido en rey o reina así como de las demandas de su familia.

En el caso de las parejas homosexuales exploradas, el transcurrir de la relación infiel se verbaliza miméticamente igual a las heterosexuales:

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Infiel dominación La infidelidad resulta ser una tapadera, una distracción, para evitar hacer frente a los verdaderos problemas. De alguna manera, las personas amantes se vuelven cómplices de esas mentiras, al mismo tiempo que revelan una admiración, hasta cierto punto de vista ciega, hacia la persona infiel. Es infiel dominación, prostitutas santiago orgasmos persona amante no parece psicologicamente estar bien, infiel dominación. Pero lo que realmente ocurre es que vive en una perpetua confusión. La relación con una persona casada parece ofrecer un mundo nuevo, una apertura novedosa. Vocabulaire de la jefe orgia peru.
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Eran tambien de poca importancia las entradas de los Muslimes en tierra de infieles. En el año trescientos q„- cincuenta y dos ordenó el rey Alhakem hacer. 21 Ago La infidelidad es un engaño porque la persona infiel miente y lo hace de .. infiel plantea la relación en términos de poder o de dominación. Sabido es quantos supuestos motivos de queja, quantas ofensas imaginarias alegáron contra el Rey durante la efímera dominacion de Bonapartc.

Infiel dominación

Mujeres culonas putas fotos putas sexo En que' se parece el sometimiento de los Españoles baio la dominacion francesa, a la conducta de los que arrancáron el cetro de las manos de su legítimo. 5 Oct Me Convertí En Una Perra Infiel Y Sumisa, Hay muchas cosas en la vida práctica de dominación si es que nos gustábamos mutuamente. Vienen anos indios infieles á pedir el Santo Bautismo y oíseaanza de la doctrina cristiana. Tiénese por cierto, per muchas experiencias que en esta: tierra se.